
Lúcido análisis en Read/WriteWeb, Facebook and The Myth Of Contextual Advertising, acerca del mito de la eficiencia de la publicidad contextual en redes
sociales como Facebook, que supuestamente va a poder venderse más cara por el hecho de que la red lo sabe todo acerca de sus usuarios, lo que podría, tras un número suficientemente elevado de dosis de alcohol y estupefacientes, llegar a justificar su presunta valoración de quince mil millones de dólares. ¿La realidad? Facebook sólo cuenta con un perfil sumamente genérico de cada usuario, los datos que Facebook genera gracias a la navegación de éstos carecen de estructuración
alguna (es una plataforma abierta, sí, pero carece de metadatos acerca de las aplicaciones o de su contenido), y por si esto fuera poco, los usuarios no van a Facebook para ver anuncios o hacer clic en ellos.
La demostración práctica por la vía de los hechos es que, aún pudiendo alegar que los mecanismos que Facebook pretende desarrollar están en un estado embrionario, la publicidad que recibimos cuando paseamos por esta red social es pura rotación general: completamente genérica, carente de contexto, para nada basada en información personalizada o preferencias de ningún tipo, y con unas posibilidades de conversión próximas al cero absoluto. Si vendes mediante métricas de CPC (cost per click), te encontrarás con unos ratios de clickthrough muy bajos, porque los usuarios no van a Facebook en search mode, sino a socializar y visualizar información sobre sus amigos, conocidos y contactos. Lo que queda, claramente, es lo que todos conocemos: CPM (coste por mil impresiones), con un precio mucho más reducido y métricas perfectamente conocidas desde hace mucho tiempo. Para nada despreciables, pero incapaces de justificar lo injustificable: una valoración de Facebook como la que se comenta últimamente. Sí, las cosas valen lo que alguien no enajenado mentalmente esté dispuesto a pagar por ellas, pero de ahí a quince mil millones de dólares justificados por los presuntos ingresos publicitarios, va un trecho muy, muy largo. Me gusta Facebook, lo utilizo, me parece que ha establecido nuevas e interesantes maneras de competir mediante modelos basados en la apertura, pero ni se ha convertido (como sí me ha ocurrido con otros servicios) en una parte importante de mi vida online, ni mucho menos me creo una presunta valoración basada en el importe que un tercero con un interés muy diferente al de la adquisición, el de asegurarse la exclusividad sobre un contrato publicitario, puede llegar a pagar por un porcentaje pequeño de la compañía.
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