Este artículo en ArsTechnica, “Accused speeder to cops: My GPS proves your radar gun is wrong“
nos lleva a una escena que sin duda se puede convertir en habitual en los tiempos que corren: un ciudadano recurre ante los tribunales lamulta que la policía pretende imponerle por exceso de velocidad, basándose en que los registros del GPS de su coche muestran que en ningún momento excedió la velocidad máxima en la zona indicada.
El ciudadano, un californiano llamado Shaun Malone, es un chaval de diecisiete años que reconoce tener el pie demasiado pesado, y a quien sus padres habían instalado un dispositivo del estilo del Navento, capaz de registrar posición y velocidad en intervalos cortos de tiempo, de enviarlas a un monitor para su consulta por sus padres, y hasta de enviar alarmas si se excede una velocidad determinada. El marido de su madre, un jefe de policía retirado, ha llevado el caso ante los tribunales alegando que la medición realizada por la policía está sujeta a error, dado que el GPS es una forma más eficiente y fiable de medir la velocidad que la pistola radar empleada por el policía. La
policía, en su defensa y temiéndose una riada de alegaciones por parte de usuarios de este tipo de dispositivos de creciente popularidad, alega que éstos efectúan medidas en intervalos de tiempo calculando la velocidad media entre dos posiciones determinadas, y que por tanto, el ciudadano pudo superar puntualmente la velocidad indicada para
posteriormente descender a una velocidad inferior (la multa es por ir a 62 mph, unos 100 Km/h en una zona de 40 mph, aprox. 65 Km/h) y obtener una media aún aparentemente correcta.
Mi impresión es que nos acercamos cada vez más a un escenario en el que muchas de las funciones que hoy desempeña la policía pasarán a ser desarrolladas por la tecnología: nuestro propio coche controla la velocidad a la que va, la compara con respecto a los límites establecidos en un mapa, nos advierte convenientemente y, en caso de infracción, notifica a las autoridades y nos multa utilizando su propia medición, posiblemente sin intervención humana y con eliminación de
archivos (a la Gmail) para evitar problemas relacionados con la invasión de la privacidad. Una perspectiva de lo más granhermánica, pero a la que resulta difícil sustraerse desde el punto de vista de control y seguridad: en lugar de llenar la geografía de radares, cada vehículo se controla a sí mismo. Con tecnologías maduras capaces de monitorizar y enviar dichas variables en todo momento y la disyuntiva de la seguridad frente a la privacidad en permanente discusión, el
escenario empieza a parecer hasta incluso próximo.
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